En la infancia los niños son puros, sanos, inocentes.
Al
transcurrir el tiempo y como consecuencia de la falta de orientación de parte
de los mayores puede suceder que se encuentre en la escuela un alumno que tiene
hermanos mayores a los cuales imite, trayendo al ambiente actitudes impropias
de un niño y aún más comunes, no correctas, de un adolescente.
Este es el niño
que se expresa con la jerga adolescente, la actitud rebelde, exige la ropa a la
moda, los chistes fuera de lugar, entre otras cosas.
Este es el compañerito al
que luego otros admiran e imitan.
Ejerce tal influencia que son los “vivos de
la clase” a los que algunos le copian en todo y que por debilidades no lo hacen
con el estudioso, que habla y actúa correctamente.
Lamentablemente aquel niño va
a ser el más perjudicado pues los efectos se van a ver en la adolescencia
cuando presente problemas de conducta, dificultades de aprendizaje y
comportamientos desubicados e incorrectos muchas veces a causa de los instintos
que cobran fuerza en esa etapa de la vida ; ya que cuando no se está preparado
los efectos pueden ser graves.