Dios, al encontrarme en tu presencia, puedo ver un querubín majestuoso volando sobre el firmamento.
Intento acercarme a ti, a tu trono hecho de Zafiro, y me encuentro tiritando por tu imponente Santidad.
Comienzas a hablarme y tus palabras son para mí, como el estruendo de muchas aguas y su desembocadura es lo profundo de mi corazón.
Me entregas un rollo sellado y no puedo esperar para abrirlo.
Al hacerlo veo escrito los nombres de los hijos que me darás.
Las lagrimas brotan debido tu gran misericordia y me las seco para no derramarlas sobre sus nombres y así no pierdan su legibilidad.
Estos hijos serán para mi como hermosas flechas en el carcaj de mis brazos, donde siempre podrán reguardarse.
Tus promesas siempre me infundirán aliento y se que moraré contigo por la eternidad.