Jesucristo es el Unigénito y Amado Hijo de Dios… Él es nuestro Salvador del pecado y de la muerte.
Éste es el conocimiento más importante sobre la tierra.
“¿Qué pensáis del Cristo?
” (Mateo 22 : 42).
Con esas palabras Jesús confundió a los fariseos de Su época.
Con esas mismas palabras pregunto a mis compañeros Santos de los Últimos Días y a otros cristianos qué es lo que realmente creen sobre Jesucristo y qué es lo que debido a esa creencia.
Jesús enseñó que Él era el Hijo Unigénito.
Él dijo :
“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3 : 16–17).
Dios el Padre afirmó esto.
En la culminación de la sagrada experiencia en el Monte de la Transfiguración.
Él declaró desde el cielo : “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco ; a él oíd” (Mateo 17 : 5).
Jesús también enseñó que Su apariencia era la misma que la de Su Padre ; les dijo a Sus apóstoles :
“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais ; y desde ahora le conocéis y le habéis visto.
“Felipe le dijo : Señor, muéstranos al Padre, y nos basta.
“Jesús le dijo : ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre ; ¿cómo, pues, dices tú : Muéstranos al Padre?
” (Juan 14 : 7–9).
Más tarde el apóstol Pablo describió al Hijo como “la imagen misma [de la] sustancia de [Dios el Padre]” (Hebreos 1 : 3 ; véase también 2 Corintios 4 : 4).
La vida del mundoLa Biblia registra las enseñanzas de Jesús : “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10 : 10).
Después, en el Nuevo Mundo, Él declaró : “soy la luz y la vida del mundo” (3 Nefi 11 : 11).
Él es la vida del mundo porque es nuestro Creador y porque, por medio de Su Resurrección, se nos garantiza a todos que viviremos de nuevo.
Y la vida que Él nos brinda no es solamente una vida mortal.
Él enseñó : “Y yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10 : 28 ; véase también Juan 17 : 2).
L.