Colombia se ha venido hundiendo en un mar de pesimismo.
Al peso de un conflicto interno (o mejor,
de varios conflictos) que no encuentra salidas pacíficas, pese a esfuerzos de negociación impulsados
por los últimos cinco Presidentes de la República y por diversas organizaciones de la sociedad civil, y a
los efectos acumulados de la enorme degradación que ha generado el narcotráfico en las formas de los
conflictos y en la sociedad colombiana en general, se unió en años recientes la peor crisis económica
desde los años treinta.
Ante esta realidad, nos hemos inmerso en una catarsis colectiva, en múltiples
formas de polarización y en esfuerzos inquisidores desconocidos en varias décadas de vida nacional.
La conjunción de viejos y nuevos problemas, algunos similares a los que enfrentan otros países
latinoamericanos - - las excesivas desigualdades sociales, la incapacidad de los sistemas políticos de
canalizar las demandas sociales, la falta de conciencia de “lo público” - - y otros más específicamente
colombianos - - el peso del narcotráfico y la fragmentación del poder sin mecanismos apropiados de
gobernabilidad democrática - - , explican por qué la convivencia se ha erosionado hasta llegar a las
fronteras de nuestra inviabilidad como sociedad.
La crisis económica revela, asimismo, elementos
comunes con otros países - - patrones de manejo económico que reproducen en vez de corregir la
excesiva vulnerabilidad frente a los ciclos de financiamiento externo y un ajuste insuficiente ante la
apertura económica - - y otros más específicamente nuestros (al menos en épocas recientes) - - la crisis de
crecimiento del Estado - -.