Vencer a uno mismo
Para muchos la vida es una carrera sin fin.
Pero, ¿para llegar a
dónde?
Esa es la pregunta que pocos se hace y mucho menos se responden.
Tal vez sobre este tema quiso hablar el afamado escritor danés Hans
Christian Andersen, quien tuvo que afrontar no pocos obstáculos en su
vida.
Una familia pobre, una madre alcohólica, la muerte temprana de su
padre, una homosexualidad reprimida e innumerables desencantos amorosos
marcaron su vida y, por supuesto, su literatura.
A pesar de que Hans Christian Andersen escribió cuentos para niños,
sus obras cuentan con una significación que perfectamente puede hacer
pensar a los adultos.
Será por eso que aun hoy, varios siglos después de
la publicación de El patito feo, La sirenita o Los corredores, dichos
textos siguen estando en la preferencia de muchos.
Es por ello que son
considerados como clásicos de la literatura mundial, no solo danesa.
Para hablar sobre el deseo insaciable de algunos, Hans Christian
Andersen se valió de una fábula.
Las fábulas son aquellas narraciones
que cuentan con animales en los papeles protagónicos.
Estos tienen
características muy parecidas a las de los hombres, sobre todo de
carácter.
Casi siempre sus problemas o conflictos se asemejan a las de
los seres humanos.
En el cuento que nos ocupa los animales del bosque discutían sobre
quién de ellos merecía el primer y el segundo premio por ser los
animales más veloces.
Ellos no competían en una carrera puntual, sino
que el premio se daba por el desempeño de todo un año.
Como les decía,
las fábulas tratan, en realidad, sobre los hombres.
¿Cuántas veces hemos
estado ante este tipo de situaciones, donde debemos ser evaluados por
un periodo de tiempo muy largo?
Casi siempre este tipo de situaciones
genera tensión entre los evaluados y los evaluadores.
Este fue el caso
de los animales del cuento de Hans Christian Andersen.
Cada uno de
ellos creía que se merecía el premio por una razón distinta a sus
compañeros.
La vida es de la misma manera, cada ser humano se cree con
el derecho a ser reconocido por sus supuestos méritos, desestimando
–casi siempre - los de sus semejantes.
Por ejemplo, la liebre creía ser la más rápida porque ella alcanzaba
una velocidad muy grande al correr entre los árboles.
La babosa, que
también quería sobresalir, alegó que era ella la ganadora porque había
invertido casi todo su tiempo en llegar a la meta.
Su tesón era más
importante que la rapidez de la liebre.
Por otro lado, la golondrina,
con su vuelo nervioso, intervino en el arbitraje argumentando que ella
era la más rápida volando entre las nubes.
Pero no se crean que son solo los participantes quienes tienen
criterios contradictorios, injustos y hasta egoístas.
También los
jurados tienen su subjetividad y comenten errores.
O mejor dicho,
arbitran según sus criterios personales.
Este fue el caso del burro,
quien pensaba que el ganador debía ser aquel que mayor peso llevara
encima.
Siendo el burro un cuadrúpedo tan pesado, es lógico que lo dijo
desde su punto de visto.
Además, el burro habló de la belleza de los
competidores y cuán importante era este aspecto para validarlos como
competidores.
Otro árbitro que intervino fue el viejo mojón del bosque.
En su papel
de jefe de los árbitros de la competencia, dijo que su criterio se
basaba en el orden alfabético de los nombres de los competidores.
Este
criterio es tan absurdo como obsoleto, pues la calidad de nadie se puede
medir por su nombre, sino por su talento.
El cierre del cuento encierra una moraleja muy buena, pues el autor
intenta también, dar su propuesta de ganador.
Para él todos los son, en
la medida de que disfruten de sus habilidades.
Esa es una buena postura
para adoptar en el futuro.
No todo se trata de competir y ganarle a
otros.
Más bien se trata de vencer nuestras propias limitaciones.