Hacia el principio del fatídico noveno año, la misma Troya sufrió poco, pero muchos de sus aliados habían desertado, y otros sólo se mantenían leales a cambio de enormes primas de oro.
El tesoro de Príamo casi se había agotado.
Sin embargo, ninguna ciudad ni tribu de Asia Menor quería que los griegos derrotaran a los troyanos y se enriquecieran controlando el comercio por el mar Negro ; así que, cuando se difundió la noticia que se estaba planeado un ataque griego contra Troya para principios del verano, llegaron gran cantidad de refuerzos de la lejana Licia, Paflagonia y de otros lugares para ayudar al rey
Priamo.
Zeus todopoderoso se encontró en una posición violenta.
Príamo siempre le había hecho sacrificios espléndidos y los troyanos se comportaban honorable y bravamente, que era más de lo que se podía decir de los griegos.
Zeus no podía negar haber amañado el concurso de belleza y bien sabía que la irresistible diosa del amor, Afrodita, también había intervenido en la escandalosa aventura amorosa entre Paris y Helena, que era la causa de la guerra.
Por eso no se atrevía a enfrentarse a su mujer Hera y su hija Atenea, las cuales pedían venganza contra Troya.
Así que él permaneció neutral, aunque procurando hacer que las cosas les resultasen a los griegos lo más desagradable posible.
Hay que recordar que Aquiles tomó como prisionera a la adorable Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo.
En el reparto del botín, fue adjudicada como esclava a Agamenón, a quien cada vez le gustaba más ; pero un día, de repente, Crises se dirigió hacia el campamento griego, llevando una vara de oro (envuelta en una cinta de lana para la cabeza consagrada a Apolo) y exigió el retorno de Criseida, ofreciendo un gran rescate por ella.
Aunque el consejo real urgió a Agamenón a que aceptara, éste se enfureció mucho, y le dijo a Crises, ásperamente, que se fuera y que nunca volviera a mostrar su cara por allí si no quería recibir una severa paliza.
- ¡Criseida es mía - gritó - y no tengo intención de entregarla!
Crises se retiró y, estando en la orilla, le rogó venganza a Apolo.
Apolo bajó del Olimpo muy irritado, con un arco de plata en su mano y flechas agitándose en su aljaba.
Se sentó en una colina cercana y comenzó a disparar a los griegos.
Cada flecha estaba infectada con la peste y, como tenían el campamento en un estado mugriento y raramente sacaban los desperdicios, se aseaban o se cambiaban de ropa, enseguida se contagió de hombre a hombre.
Antes de diez días murieron cientos de ellos y sus camaradas tenían cada vez más dificultades para quemar los cadáveres, pues el abastecimiento de leña se acababa.
Esta catástrofe alarmó a Hera, que visitó a Aquiles en un sueño.