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Creouna historia en la que su personaje principal se transforma?

Creouna historia en la que su personaje principal se transforma.

En resumen

CAMBIO POR UNA SONRISA Siempre tuve el conocimiento, pude ver la verdad y reconocer la mentira. Y la decepción llego temprano a mi vida. Esta mañana, al verme en el espejo, noté que ese conocido que me saludaba todos los días, no era quien yo hubiera deseado.

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Claudiona5773
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CAMBIO POR UNA SONRISA Siempre tuve el conocimiento, pude ver la

verdad y reconocer la mentira.

Y la decepción llego temprano a mi vida.

Esta mañana, al verme en el espejo, noté

que ese conocido que me saludaba todos los días, no era quien yo hubiera

deseado.

La palidez, más bien el tono citrino de la piel, los oscuros ojos

enmarcados en profundas bolsas de piel grises, el cabello ralo y disparejo, la

barba descuidada, conferían una carga de años más pesada que los que habían transcurrido

en mi vida.

Pero era Yo, Carlos, sumido en amargura, y desesperanza.

-

Buen día, Carlos, ¿Cómo estás?

¿Cómo amaneces

hoy?

– parecía una letanía diaria escuchar a Sara, mi vecina, incansable, recitarme

cada día al veme pasar por su ventana.

-

Sí, todo bien.

Gracias.

¡Feliz día!

– espetaba Yo,

sin mucha emoción, solo por cortesía.

No era una mala persona, pero no había

bondad en mí.

Siendo aún muy joven, viví en carne propia cualquier cantidad de

traumas, que mi alma se llenaba de tristeza, y sólo aprendí que la oscuridad había

anidado en mi corazón.

Aprendí a

construir muros a mi alrededor, con el concreto de la voluntad, y las piedras

del resentimiento ; cualquier cosa para que no saliera nada de mi, pero

impidiendo que algo pudiera entrar.

No soy sociable, ni amable, ni me interesa

relacionarme.

La única esperanza de bondad me fue arrebatada cuando perdí a lo

verdadero en mi Vida, mi madre, a los 3 años.

Y no hubo alguien que me

protegiera, que me consolara, que permitiera que el brillo de la esperanza

regresara a mi Corazón.

Luche, y sobreviví.

Pero con una

mancha que ya había percudido mi alma.

Ocupado en mis cavilaciones, no percibí

al niño pasó corriendo a mi lado, que cruzó la inmensa avenida, sin mirar a los

lados.

Y quiso el destino juntar al descuidado niño con un chofer distraído.

Pude

darme cuenta, al oír el sonido sordo, que el niño estaba tendido en medio de la

vía, apenas respirando, mientras un sorprendido hombre aún no reaccionaba tras

el volante de su auto, con la piel cerúlea, y sudorosa.

Sin pensarlo, corrí a ver el

estado en que estaba el niño, y me dí cuenta que aún respiraba, aunque con

dificultad.

Tenía varias heridas, un bracito deformado, y sangre saliendo

copiosamente de su frente.

Y estaba inconsciente.

Fue allí cuando reconocí al

niño que vendía cualquier cosa en la calle, para llevar algún dinero a casa,

Santiago, al que nunca le compré una sonrisa, pero siempre me la regalaba.

Tres días.

Con sus noches.

Tres días en la

sala de espera frente a la puerta de la unidad de cuidados intensivos de un

modesto hospital de mi ciudad.

Tres días en los que pude ver a una mujer muy

delgada llorando, rezando, mirando pasar a enfermeras y galenos, en su

transitar diario por los pasillos.

Más

llanto, más rezo.

Inseparables estaban allí dos niños de no más de 5 años, y

una niña muy pequeña.

Madre y hermanos,

supe.

Yo no me había movido de allí, esperando saber si habría ¿esperanza?

,

porque, ¿Cuándo Yo pensaba en esperanza, o en milagros, o tan siquiera tenía fé

en algo?

Pero una fuerza poderosa me

mantenía allí.

Cuando levante el cuerpo de aquel niño del

gris asfalto, decidí llevarlo al hospital más cercano.

Entregué el niño a los

médicos, quienes lo acostaron en una camilla, y lo condujeron a sala de urgencias.

-

¿Qué ha pasado?

, ¿Es suyo el Niño?

– alcanzaron a

preguntarme - -

No, ha pasado en la calle y lo traje de una vez.

¿Está muy grave?

-

Está delicado.

Por favor no se vaya, necesitamos

hacerle algunas preguntas - Y no me fui.

Tampoco me preguntaron algo.

Pero no me fui.

-

¡Ya reacciona, ya reacciona!

– logré escuchar a

lo lejos – ¡Y dice que un Ángel lo ha salvado!

En ese momento sentí resquebrajarse uno de

aquellos muros que había levantado con los años.

No sé que es sentir alegría,

pero si sentí mucha paz.

Ese niño, Santiago, que salía a diario a

vender lo que fuera, a trabajar en lo que pudiera, a hacer el mandado a quien

lo necesitara, para poder llevar de

comer a su familia, él, que no dejaba de sonreír, pidió verme.

-

¡Señor, señor!

– oí gritar a una enfermera – ¡Santiago

está preguntando por el ángel que lo salvó!

¡Venga, !

- . Y allí fue, cuando lo mire a los ojos, y

esta vez fui Yo quien le vendió la sonrisa, y él me la pago con agradecimiento.

“¡Gracias!

¡ Que Diosito lo bendiga !

” El

muro cayó por completo.

Esa tarde, regresaba, por fin, a mi pequeño

estudio.

-

¡Carlos!

¿Cómo estás?

– me gritó Sara desde la

ventana - ¡Mira que andabas perdido!

-

Buenas tardes, Sara.

Estoy bien, ya de regreso,

a descansar un poco – sonreí.

-

¡Que alegría verte!

, ya estaba preocupándome!

Te

ves cambiado.

-

Estoy igual, estoy bien - ¿Estaba?

– ¡Gracias,

Sara!

– dije antes de continuar mi camino Y mientras me alejaba, sorprendido por

haber mantenido una charla breve con Sara, quizás la más larga que habíamos tenido,

aún hablando a mis espaldas : -

¡Carlos!

¡Qué bonitas te quedan esas alas!

- .