En una isla sidérea Casiopea, la princesa de los sueños, daba de comer a sus polluelos, conchas de mar que había pescado en el gran mar galáctico ; de pronto, tronó la voz de su padre que provenía de más allá de las montañas, ¡Casiopea!
La princesa, calmada, movió sus grandes ancas, dando firmes y resolutos pasos en la dirección en que estaba su padre, contoneando su amable figura, y dibujando en el aire formas de distinto tamaño y movimiento.
Dime padre, ¿en qué puedo serte útil?
A lo que el gran Rey de las Hespérides respondió : ¿has comido tú del árbol de longoria?
Casiopea que era muy astuta, respondió dubitativamente : ¿acaso viviría si lo hubiera hecho?
Su padre, meditó un segundo, y dijo : te has vuelto a salvar, hija mía.