“El Caballo y el muchacho” es un libro sorprendente y profundo que, por primera vez en la cronología narniana, se separa casi por completo del reino de Narnia y fundamenta su acción casi totalmente en el reino vecino de Calormen, finalizando en Archeland.
Es el tercer libro siguiendo el orden cronológico, siendo el quinto en orden de publicación, y muestra las aventuras de Shasta, un joven que descubre que el pescador que le cuida no es realmente su padre y que el caballo de un noble calormeno que los visita habla.
Pero el caballo, llamado Bree, no sólo hace eso : también le habla de libertad, de magia, de amor y de justicia.
Le habla de Narnia, ese país del norte tan extraño para él, pero a la vez tan conocido para los lectores consumados de la saga.
Sin dudarlo más, Shasta emprende un viaje desesperado a la capital de Calormen, Tashbaan, para lograr escapar por el abrasador desierto.
Por el camino se les une Aravis con su yegua Hwin, una aristócrata calormena que huye a algún lugar donde pueda casarse con quien ella desee.
Por el camino son perseguidos en algunos momentos por varios leones, con lo que avanzaron incluso más rápido de lo normal.
Una vez en la capital, no tienen más remedio que separarse pues, reutilizando los personajes de otros libros, Lewis introduce de nuevo a Susan y a Edmund, que confunden a Shasta con Corin, el príncipe de Archenland.
Al parecer ambos niños son idénticos y, a la vuelta de Corin de hacer alguna de sus travesuras, Shasta aprovecha para desaparecer con las indicaciones correctas de cómo atravesar el desierto.
Por otro lado, Aravis pide ayuda a su vieja amiga Lasaraleen para que pueda sacarla de la ciudad sin que nadie la reconozca.
Sin embargo, de camino no tienen más remedio que esconderse en una estancia de palacio, con tan mala suerte de coincidir con el mismísimo Tisroc (el gobernante de Calormen), su hijo Rabadash y el hombre de cuyos esponsales huía Aravis : el Gran Visir.
Rabadash estaba loco por conseguir la mano de Susan y para ello estaba dispuesto no sólo a raptarla sino a declarar la guerra a Narnia.
El Tisroc le da permiso para que invada Archeland y así poder destruir Narnia desde varios flancos.
En este punto de la narración, se muestra la preocupación del Tisroc de que Rabadash, su primogénito, se cansara de su vida aburrida de palacio y comandara su desahogo en conspiraciones contra él, como ya había ocurrido muchas veces.
Y es que en la historia de la realeza de cualquier feudo, las conspiraciones eran el plato de cada día, y un monarca debía de ser muy astuto para conservar el pescuezo durante mucho tiempo, especialmente debido a sus propios hijos.
Con toda la frialdad que puede mostrar el rey de un reino tan despiadado, viva imagen de Egipto y de los musulmanes que después describiré, le da permiso a su hijo con la esperanza de que fracase y pueda sustituirlo por otro hijo más sensato y más paciente.
Tras pasar mucho miedo escondidas tras un sillón, Aravis y su amiga consiguen llegar a su destino y Aravis se reúne con Shasta en el desierto, el cual había pasado la noche y oyó y más bien sintió la presencia de un enorme león, que espantaba a las hienas que lo estaban rodeando a la luz lunar.
Juntos, recorren el desierto a toda rapidez con el ejército de Rabadash pisándoles los talones, pero el ataque de un león les hace aumentar tanto la velocidad que enseguida llegan al refugio de un ermitaño, donde Aravis, herida por el león, y los dos caballos se paran a descansar.
Shasta, en cambio, no tiene tanta suerte y se da cuenta de que debe avisar cuanto antes a los pobladores de Archenland para que se defiendan del ataque calormeno que se les avecina.
Corriendo con todas sus fuerzas, acaba por encontrarse al monarca de esas tierras, el rey Lune, y él y sus tropas se dirigen a toda prisa hacia su fortaleza.
Shasta les pierde de vista y se pierde, pero entonces se produce la mayor sorpresa de todo el libro : aparece un enorme león entre la niebla y le habla : es Aslan.