El sector del transporte depende en un 98% del petróleo y sus derivados, lo que supone una disminución de la eficiencia energética y un aumento de las emisiones de CO2, responsable en buena medida del calentamiento global del planeta.
Como alternativa al uso de la gasolina o el diésel, diversos organismos proponen diferentes opciones, como el gas natural, los biocombustibles o la electricidad.
El primero de ellos no es ninguna novedad, ya que se utiliza en vehículos hace más de 40 años, en forma comprimida o licuada.
Las ventajas son la disminución del nivel de emisión de gases y la reducción del ruido del motor.
A nivel económico, la facilidad del transporte mediante gaseoductos y la simplicidad de su proceso antes de ser utilizado le confiere ventaja ante el petróleo.
Como ejemplo práctico, en Barcelona circulan autobuses que funcionan con gas natural comprimido y el objetivo es aumentar la flota hasta 250 vehículos.
Por su parte, los biocarburantes son todos aquellos combustibles destilados a partir de productos agrícolas, ya sea mediante su fermentación, como en el caso del bioetanol, o destilados en aceites, como el biodiésel.
Este último mantiene las mismas prestaciones que el gasoil y no incrementa las emisiones de CO2.
Finalmente, aparece la electricidad, energía que ya utilizan transportes como trenes, tranvías o metros.
El objetivo es ahora trasladarla y hacerla viable en coches y autobuses, sobre todo en aquellos ligados a sectores en los que la rápida recarga (cuando se acaba la batería) y los largos recorridos no sean factores primordiales.