La importancia de la letra XSiempre he tenido una gran
admiración por la letra X.
Parada en su penúltimo espacio del alfabeto, entre
una W políglota y de caprichoso sonido y una injustificada Z, cuya única
función parece ser la de complicar inútilmente la composición ortográfica, la X
se abre de brazos, en perfecto equilibrio amoroso, y espera su turno que es,
casi siempre, el más importante.
Nada se me parece tanto a la X como una mujer
parada en un muelle, con los dos brazos en alto, de espaldas a la ciudad, de
frente a la brisa, bajo el cielo sin límite, diciendo su largo y desesperado
adiós de dos pañuelos.
En nuestro idioma, la X es
una letra con legítimos y envidiables títulos nobiliarios.
Antes de que la J
árabe y bostezadera, echara su anzuelo en las aguas de nuestro idioma, la X
estuvo adelantada a Ximena —la campeadora— y hacía más legítimo y añejo a
nuestro buen Xerez.
Después, debió haber un golpe de estado.
Alguien debió
perder la batalla alfabética, cuando la J entró dando mandobles y tomó por
asalto el puesto de la benemérita X y, en cierta manera, muchas posiciones de
la G.
Ahora la letra X tiene, sin
embargo, una función mucho más importante.
No sólo ha quedado relegada a una
función numérica esencial, sino que se acude a ella en los instantes de mayor
nobleza espiritual.
X para los capítulos de los libros, para cortar la hora en
su octava rebanada de tiempo menor.
Y en la máquina de escribir,
donde la X parece ser siempre la letra menos usual, más inútil para quienes no
tenemos ningunas relaciones de derecho privado con México, ni tenemos el oído
acostumbrado al Xilófono, ni manifestamos el menor interés arqueológico por el
hache de Sílex, ni encabezamos rabiosas manifestaciones antisemíticas u otras
cualesquiera que justifiquen en nosotros una acusación por xenofobia, ni
tenemos suficiente sensibilidad artística para dedicarnos a la xilografía ;
nosotros, quienes ni siquiera sabemos qué pitos toca el saxofón, ni si el fox
música civilizada o el axioma digno de ser tenido en cuenta como fundamento
filosófico ; nosotros, digo, aparentemente no haremos nunca uso de la letra X.
Sin embargo, para quienes
escribimos en máquina, la X es una letra más necesaria que ninguna otra.
Es la
letra de la discreción, de los silencios oportunos, del callar cuando se debe ;
la letra de las rectificaciones privadas.
La X, en fin, es para nosotros el
único recurso que nos queda después del sincero examen de conciencia.
Si no existiera la letra X (y
no siquiera existiría, ¿se han dado cuenta?
), cuántos dolores de cabeza
habríamos tenido si ella no se nos ofreciera para, oportunamente, escribir esta
sentencia que es quizás la más sabia que pueda escribirse en una nota : Después
de ella no existe el pasado.
Todos nuestros errores, todas nuestras debilidades
y flaquezas, llevadas inconscientemente al papel por el animal que todo hombre
lleva dentro de sí, quedan inmediatamente perdonadas, olvidadas, como si en
realidad no hubiera existido nunca.
Es por eso por lo que hoy,
después de haber pasado un día angustioso tratando de encontrar un alimento
adecuado para esta jirafa diaria, me he formulado la única pregunta posible :
¿xxxxxxxxxx?