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El cuento el tullido de soto aparicio?

El cuento el tullido de soto aparicio.

En resumen

Érase una antigua casa señorial, habitada por gente joven y apuesta. Ricos en bienes y dinero, querían divertirse y hacer el bien. Querían hacer feliz a todo el mundo, como lo eran ellos.

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BrisaYaretziA
3

Érase una antigua casa señorial, habitada por gente joven y apuesta.

Ricos en bienes y dinero, querían divertirse y hacer el bien.

Querían hacer feliz a todo el mundo, como lo eran ellos.

Por Nochebuena instalaron un abeto magníficamente adornado en el antiguo salón de Palacio.

Ardía el fuego en la chimenea y ramas del árbol navideño enmarcaban los viejos retratos.

Desde el atardecer reinaba también la alegría en los aposentos de la servidumbre.

También había allí un gran abeto con rojas y blancas velillas encendidas, banderitas danesas, cisnes recortados y redes de papeles de colores y llenas de golosinas.

Habían invitado a los niños pobres de la parroquia, y cada uno había acudido con su madre, a la cual, más que a la copa del árbol, se le iban los ojos a la mesa de Nochebuena, cubierta de ropas de lana y de hilo y de toda clase de prendas de vestir.

Aquello era lo que miraban las madres y los hijos ya mayorcitos, mientras los pequeños alargaban los brazos hacia las velillas, el oropel y las banderitas.

La gente había llegado a primeras horas de la tarde, y fue obsequiada con la clásica sopa navideña y asado de pato con berza roja.

Una vez hubieron contemplado el árbol y recibido los regalos, se sirvió a cada uno un vaso de ponche y manzanas rellenas.

Regresaron entonces a sus pobres casas, donde se habló de la «buena vida», es decir, de la buena comida, y se pasó otra vez revista a los regalos.

Entre aquella gente estaban Garten - Kirsten y Garten - Ole, un matrimonio que tenía casa y comida a cambio de su trabajo en el jardín de Sus Señorías.

Cada Navidad recibían su buena parte de los regalos.

Tenían además cinco hijos, y a todos los vestían los señores.

- Son bondadosos nuestros amos - decían - .

Tienen medios para hacer el bien, y gozan haciéndolo.

- Ahí tienen buenas ropas para que las rompan los cuatro - dijo Garten - Ole - .

Mas, ¿por qué no hay nada para el tullido?

Siempre suelen acordarse de él, aunque no vaya a la fiesta.

Era el hijo mayor al que llamaban «El tullido», pero su nombre era Hans.

De niño había sido el más listo y vivaracho, pero de repente le entró una «debilidad en las piernas», como ellos decían, y desde entonces no pudo tenerse de pie ni andar.

Llevaba ya cinco años en cama.

- Sí, algo me han dado también para él - dijo la madre.

Pero es sólo un libro, para que pueda leer.

- ¡Eso no lo engordará!

- observó el padre.

Pero Hans se alegró de su libro.

Era un muchachito muy despierto, aficionado a la lectura, aunque aprovechaba también el tiempo para trabajar en las cosas útiles en cuanto se lo permitía su condición.

Era muy ágil de dedos, y sabía emplear las manos ; confeccionaba calcetines de lana e incluso mantas.

La señora había hecho gran encomio de ellas y las había comprado.

Era un libro de cuentos el que acababan de regalar a Hans, y había en él mucho que leer, y mucho que invitaba a pensar.

- De nada va a servirle - dijeron los padres - .

Pero dejemos que lea, le ayudará a matar el tiempo.

No siempre ha de estar haciendo calceta.

Vino la primavera.

Empezaron a brotar la hierba y las flores, y también los hierbajos, como se suele llamar a las ortigas a pesar de las cosas bonitas que de ellas dice aquella canción religiosa : Si los reyes se reuniesen y juntaran sus tesoros, no podrían añadir una sola hoja a la ortiga.

En el jardín de Sus Señorías había mucho que hacer, no solamente para el y sus aprendices, sino también para Garten­Kirsten y Garten - Ole.

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